Imagina por un momento que estás de vacaciones. Mes de julio. O agosto. Da igual. Pero con gente. Mucha gente, y en todos sitios a los que vas.

Después de estar recorriendo los lugares turísticos de rigor de la ciudad-pueblo-villa-whatever que hayas ido a visitar, llega el momento de dirigirse a la terraza más cercana al restaurante donde hayas reservado mesa para comer. El objetivo: tomarte una cañita fresca, que la pateada mañanera lo merece. El reto: encontrar una mesa libre.

Y así te ves, estirando el cuello cual suricato oteando el horizonte en busca de ese oasis veraniego, pero nada. Primero buscas mesas vacías, luego las que estén sucias y aparentemente vacías, y después ya empiezas a fijarte en las copas y vasos de los clientes o si sus tíquets están rotos, señal de que ya han pagado la cuenta. De repente, en la otra punta de la terraza, ves que alguien comienza a retirar su silla hacia atrás para iniciar la maniobra de despegue.

En ese momento te conviertes en la envidia de Messi y Cristiano Ronaldo. Tus piernas inician un slalom endiablado hacia esa mesa repleta de bolsas y migajas de patatas y cervezas vacías. Vuelas por encima de un crío que juega en el suelo, sorteas el cochecito de un bebé y saltas la correa de un perro que parece ladrar al resto de buitres sedientos de asiento terracil hasta que, por fin, cruzas la línea de meta. Ya es tuya. Suspiras, sonríes y te acomodas. Alguien, a lo lejos, confunde tu movimiento y te pregunta si marchas. Y en ese instante tu meneo horizontal de cabeza es casi más satisfactorio que el jugo de malta que vas a tomarte… en caso de que el camarero te vea.

Esto seguramente no te sonará a ciencia ficción. Quizá he salpimentado un poco la historia, pero quien más quien menos puede sentirse identificado con esta escena. Ahora es el momento en el que te animo a sentarte conmigo. En mi silla de ruedas.

  1. ¿Te ves capaz de identificar una mesa libre desde la altura de un crío de 6 años?
  2. Y sobretodo, ¿te ves capaz de llegar a esa mesa del rincón sin tener que hacer que se levanten 10 personas y mover 4 mesas para que te dejen paso?

Este problema que vivo a diario es extensible a todos los padres que van con los cochecitos de bebé. Si ya de por sí es complicado encontrar una mesa exterior en estos días, la cosa se complica cuando necesitas acceder a ella.

¿Cómo solucionamos ésto? Lo cierto es que es un asunto complicado. En algunos municipios se está empezando a regular la ocupación de vía pública indicando un pasillo mínimo entre mesas. Algo que, por otra parte, fastidiará a los hosteleros porque verán reducido el número de mesas en sus establecimientos y, por lo tanto, sus ingresos veraniegos.

¿Alguna idea original? ¿Reservado las mesas del pasillo para sillas de ruedas? Podría ser una idea. Pero desde ya, aviso que habría que tener en cuenta el espacio entre patas y la altura del hueco. Aunque, como decía Michael Ende, esta es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

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