Después de muchos años sin verme obligado a hacerlo he tenido que recurrir a las ambulancias como medio de desplazamiento. La intervención a la que fui sometido el pasado 9 de junio me obliga a estar, todavía, estirado sin posibilidad de sentarme así que ese transporte sanitario es mi única opción para acercarme al hospital para ir comprobando que todo va bien.

Mi primer viaje fue el 22 de junio. Todo bien. Todo correcto. Tanto la acción de “carga y descarga” de servidor en la camilla como el viaje hasta casa, durante el cual, y gracias a Snapchat, pude comprobar la velocidad de la ambulancia. Un trayecto muy cómodo,  que desgraciadamente no ha tenido continuidad con el personal que se ha encargado de llevarme a las revisiones y, sobretodo, el que me ha traído de vuelta a casa.

En general, a no ser que estén especializados, el personal de enfermería y de ambulancias no suele tener ni idea de cómo tratar un lesionado medular. Lo lógico, si llevas en una camilla a alguien que no puede mover las piernas en una ambulancia tienes, a mi entender,  que tomar un par de precauciones adicionales:

  1. Amarrar las piernas de alguna manera en la camilla (están preparadas para ello)
  2. Moderar la velocidad, especialmente en las curvas

Como en todo, el mejor aprendizaje es la experiencia. Así que si algún conductor (o conductora) de ambulancias cree que estoy exagerando, propongo una práctica sencilla: que un equipo de enfermería ponga epidurales a los futuros conductores y que estos vayan en camilla un ratito en la parte trasera de una ambulancia. Que, al igual que yo, controlen la velocidad a la que circulan sus compañeros con el transporte y observen detenidamente cómo sus piernas se mueven libres criaturillas en el recreo.

Puede que así les quede claro que se debe circular con precaución.

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