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Siéntate conmigo

Los niños y la navaja de Ockam

Dice el razonamiento de la navaja de Ockam que, en igualdad de condiciones, la solución más sencilla a un problema es probablemente la correcta. Lo que pasa es que esa evaluación de sencillez depende de las personas. Hoy explico que, para unos niños, las cicatrices provocadas por una tracción Gardner-Wells tienen una explicación más sencilla 😉

¿Te atreves a conducir sin pies?

Tal y como está el tema de la accesibilidad en el transporte público, disponer de coche propio cuando necesitas desplazarte en silla de ruedas es algo casi necesario si quieres disfrutar de un mínimo de independencia. En mi caso no es total, ya que de momento no me he decidido a conducir coches que puedan manejarse desde la propia silla, así que necesito algo de ayuda para poder sacar y meter la silla en el maletero de coche. Cosas de tener también los brazos y las manos afectadas, además de las piernas.

Ahora que me he propuesto compartir mis viajes en Blablacar creo que ha llegado el momento de explicar cómo funciona mi ‘leoncete’ para disipar posibles dudas de mi capacidad como conductor. Al no poder mover los dedos tampoco puedo accionar el doble volante que muchos parapléjicos instalan y que permite acelerar. Además, al no poder agarrar siempre tengo una mano ‘fija’ en el volante para poder girar (en mi caso la izquierda) con lo que solo me queda libre la derecha para todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Pues todo lo necesario para llevar una conducción segura: acelerar, frenar, tocar el claxon, poner y quitar intermitentes, activar las luces, poner el limpiaparabrisas, cambiar las marchas…

Mi coche es automático por necesidad más que por capricho. Y dado que la gran mayoría de marcas incluyen este tipo de cambio a partir de sus acabados de gama media-alta, el problema de encender luces y activar el limpiaparabrisas también se me soluciona solo (o sea, con el pago correspondiente por tener que optar por esos modelos). Antes, cuando conduje mi primer coche adaptado (1997), los sensores de luz o de lluvia para que fueran automáticos eran, además de caros, poco fiables. Ahora que vienen implementados de fábrica y no son un añadido funcionan muchísimo mejor.

En cuanto al tema del acelerador, intermitentes y claxon… creo que un vídeo vale más que 1.000 imágenes, o que un millón de palabras 😉

La importancia de tener sentido del humor

Reírse de uno mismo es bueno. Si eres capaz de hacerlo es indicativo de algo muy importante: de que te conoces lo suficiente como para haber identificado tus debilidades. De esa manera, siendo consciente de ellas, uno puede defenderse mejor.

Tener una discapacidad, ya sea adquirida o desde el nacimiento, implica también superar esa comparación con la “gente normal” y aceptar la diferencia. Y poder reírse de ella, siempre que no sea usando esa actitud como escudo, es un paso más en el camino a la propia aceptación.

Hoy quería reflexionar sobre el humor.

La vida no es injusta

Seguramente habrás pronunciado la frase del título de este articulo alguna vez en la vida. Y si no esta, probablemente habrás pensado en alguna ocasión: “¿Por qué me ha tenido que ocurrir eso a mí?”. A ti, o a otra persona a la que aprecies y quieras. Personas que mueren jóvenes, o que tienen un accidente desgraciado sin haberlo buscado… gente con la que la vida acaba cometiendo una injusticia, como suele decirse. Yo, sintiéndolo mucho, no opino lo mismo.

Creo que la vida no es injusta, pero tampoco es justa. Y eso es, simple y llanamente, porque la vida no tiene leyes que cumplir. Todos sabemos que ocurren accidentes, y que hay estadísticas. ¿Por qué creemos que a nosotros nunca nos va a tocar? En la lotería de la vida todos llevamos números para que nos ocurra algo. Incluso puede pasar que mientras uno graba un vídeo 2 coches, en 2 momentos diferentes, taponen el acceso a unos aparcamientos para discapacitados. ¿Tanta probabilidad hay de que me encuentre a gente torpe?

Explicando el ‘conceto’ de accesibilidad absurda

Admitámoslo. Las puertas son un mal invento a no ser que sean basculantes, como las de los bares del lejano oeste. Y ni así, porque siempre corres el riesgo de que alguien la abra desde el otro lado medio segundo antes de que llegues tú a hacer lo mismo.

Las únicas que a nosotros, los usuarios de sillas de ruedas, nos valen son las correderas. Y si son automáticas, pues mucho mejor. Eso si no van seguidas o precedidas de una convencional, Seguir leyendo “Explicando el ‘conceto’ de accesibilidad absurda”

Y tú, ¿te permites frustrarte?

Lo chanantes decían que “‘hijo’ de puta hay que decirlo más”. Yo, en la línea de ellos, defiendo que en esta época que nos está tocando vivir nos frustramos poco. O menos de lo que deberíamos, creo. Así, en general.

Es que hay padres que llevan las agendas de sus hijos y saben mejor que ellos las tareas que tienen que hacer. Y lo que me parece más preocupante: no les ayudan a hacer los deberes sino que van más allá y, directamente, los hacen ellos. Estamos tendiendo a una sobreprotección y a sacarle a los chavales las castañas del fuego y no creo que esa sea la mejor manera de que aprendan. Seguir leyendo “Y tú, ¿te permites frustrarte?”

(Publicado originalmente en El Faradio el 29/12/2016)

El hombre que escribe en tercera persona del singular descojonó en cuanto acabé de hacer la pregunta. Me dijo, literalmente: “¿Sólo las vamos a evitar a la hora de ofrecer ayuda, o extendemos el ámbito de acción? ¿Sólo se trata de evitar actitudes proteccionistas? Ay…”. Y a continuación me soltó: “¿Sabes qué? Déjame, que voy a hacer un…”

Decálogo para tratar con un usuario de silla de ruedas (USR en adelante)

(Publicado originalmente en El Faradio el 15/12/2016)

No obstante, mientras tomábamos el café, me confesó que las barreras que más cuesta superar no son las arquitectónicas sino las sociales. Me explicaba el caso que vivió hace muchos años, en un centro comercial, mientras paseaba mirando escaparates.

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(Publicado originalmente en El Faradio el 02/12/2016)

Y es que el hombre que escribe en tercera persona del singular, y que lleva más de media vida en silla de ruedas, vio el martes el documental “Jo també vull sexe!” (¡Yo también quiero sexo!) que emitió la televisión pública catalana.

Le dejó un regusto agridulce. Por un lado se sintió muy orgulloso de toda la gente que dio la cara para explicar cómo se viven las relaciones sexuales (y la ausencia de las mismas) tanto desde el punto de vista del discapacitado como del de las personas que ofrecen servicios de asistencia sexual.

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